En la tercera etapa afrontabamos la subida al collado más mítico de la Pedals, el Coll del Triador, con 2140 metros de altura y 12 kilómetros de subida al 7,5%, aunque estuvimos subiendo desde que empezamos a pedalear, con lo que salen unos 16 km subiendo, partiendo de 1080 metros de altura.
Es una subida bastante bonita y conforme se va subiendo se ve cada vez más lejano el valle del que veníamos.
Al comienzo de la subida Mario nos comentó que intentaría no subir sólo y que subiría con nosotros, pero como coincidimos en la subida con el grupo de Andorra, se pensó que había algún andorrano que cazar (aunque iban todos por detrás de él) y subió solo y con plato mediano (fijo que se hormona ;-P).
En esta foto podeis ver el montaje del roadbook. Esta muy guapo el portaroadbooks que nos han dado este año.
De vez en cuando haciamos una paradiña para comer algo y vernos los caretos que haciamos con tanta subida acumulada.
No recuerdo cuanto nos costó coronar el triador pero por fin llegabamos y Mario nos estaba esperando.
Una foto con el grupo de Andorra (Antonio estaba haciendo un muñeco de barro en ese momento con permiso del convoy de turistas que subió en todoterrenos ;-P)
Una vez coronado el Triador, nos quedaban unos kilometros de llaneo a más de 2000 metros de altura, rodeados de caballos, vacas y algún que otro burro.
Aunque estabamos tanta altitud, aún nos quedaba llegar al techo de la Pedals, el Coll de la Portella (2268 m.) y el coll de la Creu de L’eixol (2232 m.) con un último buen repechón para rematar las piernas.
Después ya nos quedaba una bajada por las pistas de esquí de Espot y parabamos a comer en el pueblo de Espot.
Después de comer, alguno que otro se echó una pequeña siesta.
Después de Espot nos quedaba un terreno bastante rompepiernas y algún tramo divertido de senda.
Bajando al pueblo de Son fue cuando más nos mojamos en los 4 días que estuvimos pedaleando.
Ya en Son, hicimos una excursión por el pueblo y por la noche nos metimos una pedazo cena entre pecho y espalda. Primer plato olla aranesa y segundo costillas y butifarras confitadas. De postre, un licor para hacer la digestión: la ratafria.
Tenía todo tan buena pinta que, a pesar de sus molestias estomacales, Antonio no se pudo resistir.

































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